miércoles, noviembre 08, 2006

Ensayo (y generalmente fallo)

¿Por qué y para qué narrar?
"Nadie está excento de decir vaciedades,
lo desdichado es proferirlas presuntuosamente: nae iste magno conatu magnas
nugas divertit= probablemente ese hombre va a decirme en lenguaje enfático
monumentales simplezas"
Montaigne, Ensayos Selectos.

Ya sea una pequeña anécdota o una novela de varios tomos siempre hay detrás de lo escrito una intención, un escritor, que bien o mal intentará plasmar, combinando imaginación y lenguaje, aquello que desea comunicar. De esta afirmación podemos inferir que para que como resultado se obtenga una buena obra, llámese cuento o novela, la intención que impulsa al autor a poner sus ideas en forma de literatura debe ser, invariablemente, más trascendente, significativa, a la de relatar, por ejemplo, un pequeño suceso de la vida cotidiana. A partir de esto cabe la pregunta, ¿Qué es lo que debe ser narrado y qué debe ser considerado indigno de narrarse?¿Qué diferencia una obra trascendente de una que no lo es?
Más allá de las subjetividades que, como todo arte, podemos encontrar en la literatura, podríamos decir que una buena obra será aquella que, en palabras de Carlos Fuentes[1], no sólo refleje la realidad, sino que cree una nueva sin la cual ya no podríamos concebir la realidad misma. Esto nos refiere a todas las grandes novelas que han pasado por nuestras manos alterando, luego de cada lectura, nuestra manera de ver el mundo, es decir la lente con que le damos sentido a lo que experimentamos diariamente.
Acerca de lo que podría considerarse digno o indigno de ponerse por escrito, las opiniones están divididas. Algunos dicen que el tema debe ser singular, original o simplemente basta con que lo sea para el escritor que, de esa manera logrará crear un mundo tan atrapante para el lector como lo fue para él mismo en el momento de sentarse a escribir. Otros, en contraposición, argumentan que el objeto de una narración no es introducir hechos singulares que hayan captado la atención del autor por razones concientes o inconscientes, sino que todo es digno de ser narrado. Virginia Woolf, por ejemplo aconsejaba, a quien quisiera escucharla, a escribir a diario, sobre todo lo que pasaba, desde el desayuno a la cena, en diarios y cartas a los seres queridos.
Pero más importante que el tema me parece el por qué que impulsa al escritor a hacer lo que mejor sabe hacer. La gente no se pone a escribir sólo para alimentar sus instintos ególatras y petulantes, o por lo menos no debería. ¿A qué responde, entonces, esa necesidad? Despejar esta incógnita permitirá comprender cuál es la virtud, lo significativo, de una obra.
Cortázar
[2] dijo respecto al cuento que, para ser considerado un buen exponente del género, tiene que ir más allá de la anécdota literaria contenida en él. Su trascendencia dependerá, entonces, de las capacidades del autor para quebrar los propios límites del cuento con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de lo que se narra. Es decir, que logra abrir un mundo paralelo, más grande que el que se tenía al comienzo. Así, terminado el cuento, el lector vuelve a su cotidianeidad con un plus, un agregado, una apreciación más profunda acerca del mundo que le toca vivir. Si no fuera así, sería una clara pérdida de tiempo.
Pero más importante todavía me parece una afirmación que incluyó Fuentes en su ensayo sobre la Novela, que decía que el autor narra porque de no hacerlo su idea, que le resulta extraordinaria e imprescindible de ser contada, se perdería y por ende se desaprovecharía una visión enriquecida del mundo. Ese miedo, a que si uno no narra ese cuento en particular nadie lo hará, es el que en última instancia impulsa al escritor a tratar de imprimirle sus ideas con todos los aportes que él y nadie más puede darle. Esta creencia más allá de tener un carácter levemente narcisista, es la garantía de que el autor se compromete a aportar una cuota de originalidad, para superar y no copiar las obras que lo antecedieron.
Se narra, entonces, en contra del tiempo, por miedo a lo perecedero, a lo fugaz, con la intención de verbalizar para perpetuar.
Me gustaría terminar este intento de ensayo con una reflexión personal. Creo, y mi experiencia lo confirma, que la necesidad de narrar para luchar contra lo mortal afecta tanto a los grandes literatos como a los meros principiantes. Uno escribe, sabiendo que sus producciones no poseen grandes ideas encriptadas en entretenidas historias, pero sin embargo, lo sigue haciendo, para que cuando finalmente se tope con una historia que valga la pena que otros lean, pueda ser de capaz reconocerla y hacerla valer. Personalmente, esta esperanza me reconforta. Me entrego a la escritura con cierto aire de solemnidad, de la misma manera que me entregué a la vacuna contra la rubéola.
[1] Fuentes, Carlos(2002), En esto Creo, Buenos Aires, Seix Barral.
[2] Julio Cortázar, Obra Crítica 2, Alfaguara

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