
"¿Qué haremos en estos días de primavera que ahora vienen llegando de prisa?" se preguntaba Kafka en algún cuento.
Los amigos y familiares quieren que uno salga a ver el sol, a estirar las piernas, a sentirse mal a otra parte. Cuando eso se vuelve insoportable (escuchar los consejos de los seres queridos y el sentirse mal, las dos cosas)uno sale de su confortable y acogedora cueva. "A otro lado con tus pulgas". Pero esa sensación de incomodidad en interiores se transporta al exterior y es igual o peor.
Para nosotros, los alérgicos, el exterior puede proporcionar aún más inconvenientes que el interior. ¡Y la gente se alegra porque llegó la primavera! Desconsiderados, eso es lo que son. O nosotros, egocéntricos narcisistas...
De todos modos uno sale. Y se enfrenta al mundo que lo rodea.
En un primer momento, la nariz se vuelve un rojo tubérculo que late con cada inspiración. El pólen o como se llame eso que cae de los Plátanos y flota en el aire de la tarde invade el sistema respiratorio y lo inflama causando un escozor inmensamente molesto. Entonces, uno resuelve sonarse la naríz hasta el cansancio. Por paranoia propia o por prestar demasiada atención a los rostros de los transeúntes, noto que este acto, que para mi es inevitable, los incomoda. Disculpe señora, soy alérgica.
Esta es nuestra maldición, la de vivir en la urbe, o en todo caso la sub- urbe. Inevitablemente hay gente. Pero ¿qué sería de uno si no la hubiera? San Fernando contagia una sensación de pueblo chico irresistiblemente familiar, entrañable. Todas las caras recuerdan a alguien o algo.
De alguna manera se nos hizo creer que salir a la calle tiene que tener un propósito expreso. Es decir, ¿cuánta gente circula sin rumbo predeterminado? Casi nadie. No puedo encontrar ni a uno solo que camine con la expresión de despreocupación que llevo yo. Las viejas se apuran a buen ritmo esquivando baldosas rotas y frunciéndoles el ceño a los chicos que salen corriendo de la escuela. Los conductores ponen cara de hastío ante la pausa del semáforo, como si los estuviera esperando el máximo pontífice en su lugar de destino.
Un hombre que arrastra un carro con cartones y otros desperdicios me pide la hora. Se hace de noche tan lentamente. ¿A donde tiene que llegar a horario?, me pregunto. Pero claro, no se lo pregunto a él, que sería lo indicado. Me contento con quedarme con la duda. Dialogar se convierte en otro obstáculo, salir de la burbuja personal... Más fácil es callar.
Desde este banco se escucha el traqueteo del tren. Victoria se vuelve dorada en primavera. Como si de las veredas de repente surgiera el resplandor de vidrios diminutos que reflejan el sol de la tarde. Raro, pero esa es la impresión que dejan. Ya casi no quedan veredas con baldosas"vainillas"(o mata viejas como le decía alguien). Ahora todas son esas grandes y lisas que en un lindo día de lluvia, si uno apura el paso, lo dejan haciendo patito con el traste.
"La verdad es que está cada vez mas lindo el barrio", dice una señora muy paqueta. Para mi pesar, tiene razón. Quizás uno lo encuentre lindo porque tiene todos los recuerdos en este corralito sin alambrado, sin fronteras claras, no se sabe cuándo se está adentro ni cuándo se está afuera. Qui sapit.
Me vuelve a picar la nariz.
Septiembre, un mes de agonía. En noviembre, todo culmina y después la nada del verano.
Hoy temprano el cielo estaba molesta y brillantemente celeste, pero ahora uno se sorprende por lo negro que se puede volver Victoria con algunos nubarrones de buenos augurios. Con suerte, en unas horas llueve.
1 comentarios:
muy bueno, vas por buen camino,
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