jueves, noviembre 16, 2006

Ensayo sobre ciudad (desde la perspectiva de una sanfernandina)

Conciente Colectivo: La memoria tardía en el Bar Iberia
“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”
Henri Bordeaux
“En las discordias civiles, como los buenos valen más que los muchos, propongo pesar a los ciudadanos mejor que contarlos.”
In dissensione civili cum boni plus quam multi valent, expendendos cives, non numerandos puto.
CICERÓN, Marco Tulio

Decía García Canclini[1], “La complejidad multicultural de grandes urbes como Buenos Aires, México o Sao Paulo es, en gran medida, resultado de lo que las grandes migraciones han hecho con estas ciudades al poner a coexistir a múltiples grupos étnicos. Esta es una experiencia que Buenos Aires tenía cuando llegaron grandes migraciones europeas. Buenos Aires ha sido una de las ciudades pluriculturales en el mundo, donde lo multiétnico era muy visible.” Esto no es algo que escape a la atención de cualquiera que haya vivido en Buenos Aires, ya sea en la ciudad o en el suburbano, o que la haya visitado alguna vez. Pero lo que atrajo mi atención a esta cuestión, la concentración de diversos mundos culturales en una sola ciudad, fue el fenómeno de subcultura que produce en cada barrio que compone una ciudad. En particular quiero referirme a dos bares, que en una época estaban ubicados en la intersección de la Av. de Mayo y Salta, ahora sólo queda uno de ellos, el Bar Iberia, y en la esquina opuesta se encontraba el Bar Español. Estos dos espacios[2], en términos de Michel de Certeau, serían más que meros lugares de encuentro, libros de historia. Fueron en los años de la guerra civil Española y, posteriormente de la represión de la dictadura franquista, puntos de reunión de los exiliados republicanos por un lado, en el Bar Iberia, y de los representantes nacionalistas por el otro, en el Bar Español.
En ambos se realizaban tertulias de intelectuales que se juntaban a escuchar las noticias por la radio o comentar las noticias de los diarios que llegaban del viejo continente. Los problemas se presentaban cuando, ocasionalmente, se producían enfrentamientos entre ambos bandos. En el más grave de los casos, los llamados “franquistas” incendiaron parcialmente el Iberia y se produjeron bajas en ambos bandos. Con el tiempo, las banderas se entrecruzaron inexplicablemente en los años ’50 y ’60 y pasaron entonces los antifascistas a recalar en el Bar Español y los fascistas en el Iberia. Esto como para resumir un poco la historia de los dos bares
[3], sobre la que todavía hoy hay controversia, ya que el que solía ser el bar Español, ha mutado, lamentablemente, en una sucursal del Bank Boston.
La ciudad propone, por medio de estos hitos del pasado, interrogantes acerca del presente, de cómo solía albergar a aquellos que resistían la tiranía en un país cuyo gobierno era, en realidad, pro-eje, pero en discursos oficiales, neutral al conflicto. Interrogantes acerca de los habitantes de esa subcultura hispánica, exiliados y los que ya eran residentes argentinos, acerca de la manera en que vivieron esos duros tiempos. Esa ciudad- memoria a la que hace referencia Augé
[4](la ciudad en la que se sitúan tanto los rastros de la gran historia colectiva como los millares de historias individuales) se hace presente en Buenos Aires intensamente, solo visitándola, tomándose un café en el bar Iberia quizás, se encontrará uno con esos mismos protagonistas que, en otros tiempos, resistían desde el exilio y quizás, si tiene uno un poco de mala suerte, podrá ver a algún sobreviviente del otro bando también.
Es entonces esta ciudad el lugar donde constantemente, desde el momento de su fundación, una masa innumerable de gente construye sus nuevos recuerdos y se forja un presente y un futuro sin dejar atrás su bagaje cultural, sino que lo incorpora a las prácticas socioculturales que aquí se practican. Desde siempre hemos recibido exiliados, políticos y económicos, que aportan cada uno un color, una textura característica al entramado cultural que es Buenos Aires. “La modernidad acumula y concilia” resumía Augé. Ambos mundos coexisten, el local y el importado segregados localmente, voluntaria e involuntariamente, comunicados globalmente, pero manteniendo las características propias de donde vienen.
En nombre de esta memoria colectiva, a pedido de ciudadanos de la colectividad española en la Argentina, se colocó una placa, en el frente del Bar Iberia, en Homenaje al 75º Aniversario de la instauración de la República Española. Se realizó una ceremonia de colocación frente a un público casi enteramente conformado por miembros de esta colectividad. Estaba un señor, con una bandera republicana sobre los hombros, que dijo “...hace 60 años que espero esto.”
[5] La placa está, como un mínimo sello de lo ocurrido en esos años, esperando ser leída, que alguien pregunte, se interese y descubra toda la realidad de una cultura que, como la nuestra, la argentina, pasó sus tiempos de represión en el exilio, con sus caídos, represaliados en defensa de la II República[6].
A pesar de la controversia acerca de si la placa debía ubicarse en el Bar Iberia o en lo que solía ser el Bar Español, lo importante para remarcar es que la placa llegó. Tarde, pero llegó. El reconocimiento a los que fueron víctimas de la guerra civil española y a los que desde acá mantuvieron vivos los ideales. Es la misma memoria que se intenta inculcar en los jóvenes de hoy con respecto a nuestros desparecidos, caídos y demás barbaridades que desde la década del ’70 nos atormentan, que estaban dispuestos a arriesgarlo todo para que un mundo mejor fuera posible, con un valor y un concepto de solidaridad que hoy se hace casi imposible encontrar.
Augé, en el mismo ensayo, explicaba su entender acerca de lo que él llamaba la ciudad- encuentro. Decía que el choque urbano no se debe siempre al choque de las ideologías o de las costumbres, que ese choque puede ser un descubrimiento, una invitación a pensar. Y eso me parece que es lo que producen este tipo de descubrimientos en las calles porteñas, una invitación a interrogarse acerca de aquellos que pasaron antes que nosotros por esos bares. ¿Qué luchas mantenían vivas?¿Por qué penurias tenían que pasar para hacer sus ideologías realidad? Esta ciudad social, donde tantos han pensado y hecho, es la que se ve teñida a lo largo del tiempo con un espíritu, que Calvino
[7] llamaría Dios, que es el que la dota de alma, de sentido para los que la recorremos día a día esperando encontrarnos con nuevos fantasmas del pasado que nos propongan replantearnos nuestra realidad a través de sus ojos.



[1] Néstor García Canclini, Imaginarios Urbanos, Bibliografía de la Cátedra.
[2] Michel de Certeau, La invención de lo Cotidiano I. Artes de Hacer
[3] En LA VIDA DE NUESTRO PUEBLO Nº.19 "Los Cafés". Centro editor de América Latina, y la cita que lleva el Nº.22, tomada de BOSSIO JORGE A. Los cafés de Buenos Aires, Buenos Aires 1968 pag.186 , así lo indica. y en "Todo es Historia", N° 110, 7/76, pág. 8 El "Iberia" era el bar de los Republicanos, mientras que el "Español" era el bar de los "Nacionales".
[4] Marc Augé, El viaje Imposibe: el turismo y sus imágenes, editorial Gedisa
[5] http://www.kaosenlared.net/noticia
[6] http://www.profesionalespcm.org/
[7] Ítalo Calvino, Los dioses de la ciudad. En Punto y aparte, Barcelona, Bruguera, 1983.

miércoles, noviembre 08, 2006

Ensayo (y generalmente fallo)

¿Por qué y para qué narrar?
"Nadie está excento de decir vaciedades,
lo desdichado es proferirlas presuntuosamente: nae iste magno conatu magnas
nugas divertit= probablemente ese hombre va a decirme en lenguaje enfático
monumentales simplezas"
Montaigne, Ensayos Selectos.

Ya sea una pequeña anécdota o una novela de varios tomos siempre hay detrás de lo escrito una intención, un escritor, que bien o mal intentará plasmar, combinando imaginación y lenguaje, aquello que desea comunicar. De esta afirmación podemos inferir que para que como resultado se obtenga una buena obra, llámese cuento o novela, la intención que impulsa al autor a poner sus ideas en forma de literatura debe ser, invariablemente, más trascendente, significativa, a la de relatar, por ejemplo, un pequeño suceso de la vida cotidiana. A partir de esto cabe la pregunta, ¿Qué es lo que debe ser narrado y qué debe ser considerado indigno de narrarse?¿Qué diferencia una obra trascendente de una que no lo es?
Más allá de las subjetividades que, como todo arte, podemos encontrar en la literatura, podríamos decir que una buena obra será aquella que, en palabras de Carlos Fuentes[1], no sólo refleje la realidad, sino que cree una nueva sin la cual ya no podríamos concebir la realidad misma. Esto nos refiere a todas las grandes novelas que han pasado por nuestras manos alterando, luego de cada lectura, nuestra manera de ver el mundo, es decir la lente con que le damos sentido a lo que experimentamos diariamente.
Acerca de lo que podría considerarse digno o indigno de ponerse por escrito, las opiniones están divididas. Algunos dicen que el tema debe ser singular, original o simplemente basta con que lo sea para el escritor que, de esa manera logrará crear un mundo tan atrapante para el lector como lo fue para él mismo en el momento de sentarse a escribir. Otros, en contraposición, argumentan que el objeto de una narración no es introducir hechos singulares que hayan captado la atención del autor por razones concientes o inconscientes, sino que todo es digno de ser narrado. Virginia Woolf, por ejemplo aconsejaba, a quien quisiera escucharla, a escribir a diario, sobre todo lo que pasaba, desde el desayuno a la cena, en diarios y cartas a los seres queridos.
Pero más importante que el tema me parece el por qué que impulsa al escritor a hacer lo que mejor sabe hacer. La gente no se pone a escribir sólo para alimentar sus instintos ególatras y petulantes, o por lo menos no debería. ¿A qué responde, entonces, esa necesidad? Despejar esta incógnita permitirá comprender cuál es la virtud, lo significativo, de una obra.
Cortázar
[2] dijo respecto al cuento que, para ser considerado un buen exponente del género, tiene que ir más allá de la anécdota literaria contenida en él. Su trascendencia dependerá, entonces, de las capacidades del autor para quebrar los propios límites del cuento con esa explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de lo que se narra. Es decir, que logra abrir un mundo paralelo, más grande que el que se tenía al comienzo. Así, terminado el cuento, el lector vuelve a su cotidianeidad con un plus, un agregado, una apreciación más profunda acerca del mundo que le toca vivir. Si no fuera así, sería una clara pérdida de tiempo.
Pero más importante todavía me parece una afirmación que incluyó Fuentes en su ensayo sobre la Novela, que decía que el autor narra porque de no hacerlo su idea, que le resulta extraordinaria e imprescindible de ser contada, se perdería y por ende se desaprovecharía una visión enriquecida del mundo. Ese miedo, a que si uno no narra ese cuento en particular nadie lo hará, es el que en última instancia impulsa al escritor a tratar de imprimirle sus ideas con todos los aportes que él y nadie más puede darle. Esta creencia más allá de tener un carácter levemente narcisista, es la garantía de que el autor se compromete a aportar una cuota de originalidad, para superar y no copiar las obras que lo antecedieron.
Se narra, entonces, en contra del tiempo, por miedo a lo perecedero, a lo fugaz, con la intención de verbalizar para perpetuar.
Me gustaría terminar este intento de ensayo con una reflexión personal. Creo, y mi experiencia lo confirma, que la necesidad de narrar para luchar contra lo mortal afecta tanto a los grandes literatos como a los meros principiantes. Uno escribe, sabiendo que sus producciones no poseen grandes ideas encriptadas en entretenidas historias, pero sin embargo, lo sigue haciendo, para que cuando finalmente se tope con una historia que valga la pena que otros lean, pueda ser de capaz reconocerla y hacerla valer. Personalmente, esta esperanza me reconforta. Me entrego a la escritura con cierto aire de solemnidad, de la misma manera que me entregué a la vacuna contra la rubéola.
[1] Fuentes, Carlos(2002), En esto Creo, Buenos Aires, Seix Barral.
[2] Julio Cortázar, Obra Crítica 2, Alfaguara

martes, noviembre 07, 2006

Lavalle

Esquivando colectivos en la calle Guido Spano, puede el peatón despreocupado toparse con la calle más pintoresca de la localidad de Victoria. La calle Lavalle atraviesa la localidad San Fernandina y culmina en la estación de tren, de estilo inglés, que lleva el mismo nombre. Es, además, una de las arterias que conectan este barrio, una zona casi exclusivamente residencial, con las zonas céntricas. Hacia el Norte con San Fernando(la Municipalidad, el Banco, la plaza, etc.) y hacia el Este con Beccar primero, y el centro San Isidrense después.
Desde Guido Spano hasta la estación son solamente unas seis cuadras, pero en subida, a los cansados pies del caminante parecen más.
Esta calle corre paralela a las vías del tren, así que cada vez que se llega a una esquina se puede ir controlando la circulación de los trenes a una cuadra que, con su paso, avisan que uno va a llegar tarde a donde se dispone ir.
No es un camino obligado hacia la estación de ferrocarril, hay otros, pero éste es, por lo menos, el más agradable. La amplia calle empedrada con adoquines oscuros y grandes(a diferencia de los porteños, que son minúsculos), siempre ensombrecida por los enraizados y longevos plántanos que escoltan la calle a ambos lados. Las espaciosas veredas alfombradas por baldosas de distintos colores y estilos. Algunas, las menos, rajadas por las raíces de los árboles, o por mero descuido de los vecinos . En una época todas las veredas tenían baldosas “vainillas”, (o mata viejas como les decía alguien)pero ahora, con un poco de reactivación económica, a la mayoría de los vecinos les surgió la necesidad de reemplazarlas por esas grandes y lisas que en un buen día de lluvia, si uno apura el paso, lo dejan a uno haciendo patito con el traste.
A medida que se avanza, dependiendo el horario, se van percibiendo los aromas que provienen del interior de las casas, de las cocinas. Los fines de semana, aromas de reuniones familiares asado de por medio.
El primer establecimiento que no es una residencia, es la escuela de Taekwondo que es, a su vez una sede de radio aficionado y cuenta con su imponente antena en el techo. En la puerta de entrada se pueden ver algunos chicos con el característico uniforme de pelea blanco y los distintos colores de cinturón que los diferencian. En diagonal, en la vereda opuesta funciona, dentro de una casa, una panadería que quebró en tiempos más difíciles y actualmente atiende al público a través de una ventana con la tradicional persiana de madera blanca, sin cartel indicador, como una especie de secreto entre los vecinos.
Un estruendo de metal rebotando contra el empedrado anuncia la llegada de un armatoste vetusto de trompa redonda, el colectivo 710. Con sus colores distintivos verde, rojo y blanco, este vehículo recorre la calle Lavalle, a precio único, hasta que llega al centro de San Fernando y termina en el límite con el Partido de Tigre. Más adelante, ocupando toda la cuadra, se levanta el Teatro Municipal Julio Martinelli, donde funciona también la biblioteca local con menos libros que socios.
Por fin, el primer signo de urbanidad se hace notar con la espera para cruzar la calle Simon de Iriondo que carece de semáforo, al igual que toda la calle antes mencionada, me imagino, porque antes no era necesario. El movimiento de gente aumenta levemente llegando a la Comisaría, con su larga fila de autos incautados y algún gordo oficial jugando con la computadora de la oficina. Y finalmente se divisa la elegante fuente, inaugurada hace pocos años, en el centro de una especie de plazoleta muy prolija que indica que se ha arribado a la estación Victoria.

miércoles, octubre 18, 2006

Cuento(o intento de)


Esperaba el colectivo en la esquina de un barrio como tantos otros, de construcción endeble, compuesto por casas bajas y fachadas grisáceas acentuadamente parecidas. Como cualquier otra mañana fría, la mujer se había abrigado lo mejor posible, pero no había podido evitar ponerse unos zapatos de taco bajo, que le mortificaban los pies regordetes. Sin descruzar los brazos bajó del cordón y divisó, entre la niebla, el amarillo brillante del cartelito luminoso en el arcaico armatoste que la llevaría a su destino.
Con las monedas en la mano, que preparaba todos los días antes de salir de su casa, subió al colectivo número 710 y después de sacar boleto se sentó en el primer asiento solitario que encontró. Suspiró profundamente, como si le faltara el aire y se acomodó sus rulos rubios de botella detrás de la oreja. Recién empezaba el día, pero a Marga le gustaba dejar las cosas en orden antes de irse a pasar el día entero con la viejita que cuidaba diariamente, y estaba un poco cansada. Desde que había muerto su madre había vivido sola. Esto le había enseñado que llevar una casa grande sin ayuda podía volverse una tarea agotadora.
Le volvieron a doler los pies, pero cuando estiró la mano para frotarse el tobillo izquierdo notó que la máquina le había entregado, no uno, sino dos boletos. Los leyó y descubrió que uno de ellos tenía la fecha incorrecta, la del día siguiente. Con la extraña sensación de quien recibe un boleto capicúa, lo guardó cuidadosamente entre las páginas de una libretita maltrecha que llevaba en la cartera y se pasó el resto del viaje mirando por la ventana empañada. Media hora más tarde, aproximadamente, se bajó y tuvo que caminar un poco más hasta la casa de Amalia, la viejita.
“Y Ud., ¿quién es?”, le preguntaba la anciana todos los días cuando Marga entraba a su cuarto, después de desearle buenos días, a llevarle el desayuno. La pobre sufría de arterosclerosis hacía años y por ende vivía como en una especie de universo paralelo, sin conexión alguna con la realidad. Pero Marga, que la había cuidado ya por tres años, la entendía bien y le tenía paciencia. Había acumulado experiencia como enfermera atendiendo a sus propios padres por largos años, que también habían sufrido esa enfermedad. Cuando su madre finalmente murió heredó la casa, se quedó sola y sin nada que hacer.
La jornada de trabajo se desarrolló normalmente, le preparó las comidas, le hizo tomar los remedios, miraron la novela, y le hizo compañía hasta que llegó la hija mayor de Amalia, Hilda, para ocupar el turno de la noche. Era el único momento del día en que se cruzaban. La mujer le pagaba el día y Marga emprendía la vuelta. Aprovechaba el trayecto en el colectivo para pensar qué se iba a hacer para cenar. Con el tiempo que había tenido viviendo sola se había dado cuenta de lo fácil que era arreglárselas para comer cuando sólo era necesario poner un plato en la mesa.
Tardó poco en prepararse la cena, comer, lavar su plato y lo que había utilizado para cocinar, y hacer los preparativos para el día siguiente. Puso el despertador a las seis menos veinte y se durmió mirando los números rojos del radio reloj.
Casi orgánicamente, todas las mañanas excepto los domingos, Marga cumplía paso a paso las tareas a realizar en su lista mental. El aparato despertador la sacudía con la alegre musiquita del noticiero de AM. Se quedaba un rato acostada mientras escuchaba las noticias hasta que pasaba a ducharse. Salía del baño y se vestía con la ropa que había preparado la noche anterior, dispuesta en una silla y cuidadosamente doblada. Después de desayunar, o mientras tomaba mate, tenía una pequeña lista de quehaceres del hogar que cumplía con riguroso orden. Lavaba ropa y la colgaba en la soga de la terraza, baldeaba los pisos y la vereda, hasta que se hacía la hora de salir. Se ponía el tapado bordó, metía las llaves en la cartera, juntaba las monedas del platito que Hilda le había regalado como recuerdo de Mar del Plata y al salir, cerraba la puerta con doble llave.
Pero esa mañana el despertador no sonó, o por lo menos, Marga no lo escuchó. Entre sueños, le pareció escuchar el ruido de la puerta que se cerraba. Se despertó sobresaltada al descubrir que eran las nueve menos veinte y desenvolviéndose de las frazadas logró salir de la cama. Como suele suceder en esos momentos críticos de falta de tiempo, la pobre mujer se llevaba los muebles por delante luchando, infructuosamente, contra el reloj, sin encontrar nada de lo que precisaba. La ropa no estaba en la silla, el tapado no estaba en el perchero, la cartera había desaparecido misteriosamente y para su desgracia, no pudo encontrar las llaves. Agarró un puñado de monedas y se puso un tapado viejo, que encontró en el fondo del placard, mientras corría hacia la puerta.
Cuando finalmente llegó a la esquina, se lanzó dentro del colectivo y pasada la media hora, se encontraba en casa de Amalia. Se apuró a tocar timbre, aunque sabía que era un esfuerzo inútil, porque la anciana estaría, más que seguro, aún durmiendo. Unos segundos más tarde, que parecieron una eternidad, la puerta se abrió. Marga abría los ojos para observar a esta persona que se paraba detrás de la puerta abierta como invitándola a pasar.
Era una mujer de mediana estatura, de casi cuarenta años, un poco gordita, de pelo corto rubio y enrulado, que llevaba puesto el tapado bordó y la ropa que Marga no había podido encontrar. Siguió examinando a esta mujer idéntica a ella, pero sin reconocerla del todo, hasta que ésta dijo: “Ya era hora de que llegaras.” Marga, atravesó la puerta lentamente sin quitarle los ojos de encima. “Me imaginé que con todo el ruido que hice te habrías despertado, pero por tu cara veo que te quedaste dormida”. Sin salir del estado de estupefacción notó que la mujer había realizado todas las tareas que le correspondían a ella, hasta la hora. Había seguido su rutina sin saltearse un sólo paso. Amalia, por su parte parecía no notar la novedad.
Pasaron el resto del día sin hablarse. Se turnaron las tareas silenciosamente, como si las dos pensaran con una sola mente, lo que para el caso es fácil de suponer. Las preguntas obvias acerca de quién era esa mujer y por qué era idéntica a ella, parecían no aquejarla más. Simplemente se resignó a su existencia.
Antes de que arribara Hilda, a reemplazarla, Marga se escabulló furtivamente de la casa para no tener que dar explicaciones, o inventar respuestas que no tenía, sobre quien la mujer creería era su hermana gemela. Esperó a su nueva compañera en la parada del colectivo y cuando subieron al 710 descubrió, con pavor, que ambas habían recibido dos boletos cada una, uno de ellos con la fecha del día siguiente.
Finalizado el trayecto en colectivo, caminaron hasta su casa sin hablar. Apenas entraron, volvieron a dividirse las tareas más de memoria que telepáticamente. Mientras una cocinaba, la otra ponía la mesa. Cuando la rutina nocturna llegó a su fin, Marga tomó una ducha, y cuando salió, para su sorpresa, se encontró con su cama usurpada, y su ocupante, profundamente dormida. Enfurecida, hizo todo el ruido que le fue posible mientras preparaba lo que se iba a poner al día siguiente. Desenchufó el radio reloj con una sonrisa vengativa y se lo llevó con ella al cuarto de sus padres, que nunca había tenido la necesidad de usar.
El cuarto era grande y frío. La mayor parte del día, Marga dejaba la puerta cerrada y por ende no le llegaba el calor de la estufa. Luchando por conciliar el sueño, movía los pies helados por la enorme cama matrimonial, que tardaba más de lo esperado en calentarse. Añoraba el calor de su cama, la suavidad de su acogedora almohada, que ahora le pertenecían a la otra. Se estremecía de sólo pensar que al día siguiente, si sus hipótesis eran correctas, habría dos intrusas más. Rogándole a Dios estar equivocada se durmió.
Un murmullo en la cocina la despertó. Alguien le había apagado el radio reloj y se había quedado dormida nuevamente, pero esta vez, sólo por media hora. Se levantó y tuvo que ir a buscar ropa a su cuarto, ya que el conjunto que había preparado la noche anterior había sido usurpado. Cuando llegó a la cocina, encontró a tres Margas apuradas lavando ropa, pisos, utensilios de cocina y sirviéndole el desayuno. Le resultó imposible distinguir cuál había sido la primera en aparecer y cuáles las dos nuevas, pero empezó a preocuparse cuando notó que conversaban en voz baja y le dirigían miradas de curiosidad. Una de ellas le acercó un mate sin decirle nada pero cuando se levantó para ir a baldear la vereda otra le interrumpió el paso: "Ya está hecho”, le espetó. Marga se sintió atropellada y se dejó caer en silencio en una silla que otra le acercó.
Como buscando algo para hacer, para distraer su atención y las miradas inquisitivas que ahora la rodeaban, señaló el reloj de pared y les dijo que ya era hora de aprontarse para ir a trabajar. Como si no la hubieran escuchado las tres mujeres terminaron lo que estaban haciendo, dejando todo en orden, y se fueron rápidamente inundando la casa de un absoluto silencio.
Marga se quedó inmóvil, con la mirada perdida, sola y sin nada que hacer, mientras los débiles rayos de sol invernal atravesaban su cuerpo, que se iba desvaneciendo lentamente.

Reflexiones Sanfernandinas: Hoy Juega Tigre


Sábado a la tarde, vengo viajando en el tren con destino a Victoria con el walkman puesto. Mala suerte, me tocó el furgón, pero no me hago problema, me siento en el piso. Justo en frente, un nene de alrededor de 5 años con una camiseta de Tigre me hace morisquetas agarrado de la mano de su papá. Le respondo sacándole la lengua y frunciendo el seño. Me mira enojado. El papá observa la escena y se sonríe.
Me saco los auriculares y le pregunto al nene: “¿Contra quién jugamos hoy?”, lo mira al papá desconcertado y él me responde: “Morón”, a lo que su hijo corea con una mano en el aire: “Tigre y Morón, un solo corazón”. El hombre agrega: “a las 4”. Asiento con la cabeza, satisfecha y me vuelvo a poner los auriculares.
Ya cuando bajamos del tren, caminamos por la misma calle por donde pasa un micro lleno de hinchas de Tigre que –imagino- vienen de Virreyes. El chiquitito se pone a saltar y cantar. Dentro del micro suena un bombo y alguna corneta. Doblan la esquina y enfilan para la cancha, a pocas cuadras de mi casa.
Paro en un almacén para comprar cigarrillos y la señora que lo atiende le dice a un cliente: “Sí, hoy se llena de hinchas la calle, hay que tener cuidado...” me mira molesta por la interrupción y pregunta qué voy a llevar. El hombre apoyado en el mostrador se ríe. “Nah, con Morón no pasa nada, es prácticamente un amistoso. El problema era con Chaca... Bueno, ahora con Platense”. Le retruco el comentario preguntándole contra quién habían jugado la noche que se agarraron a tiros con la policía, justo en la puerta de mi casa. Se pone serio y me confiesa que no se acuerda. “El tema es que ahora Tigre lleva mucha gente. Si llega a subir, no se va a poder andar por la Guido Spano” agrega haciendo un ademán con la mano. “Que pena...”le digo levantando las cejas, “en esa calle vivo yo”, el hombre se ríe; pago y me voy.
Cuando llego a mi casa, encuentro a mi viejo y mi primo instalados para ver el partido. Les pregunto por qué no van a la cancha y me dicen: “Porque lo pasan por la tele...”
Unas horas mas tarde me dispongo a volver a salir. Cuando ven que me estoy preparando me advierten que está terminando el partido y que mejor me tome un remís, porque están saliendo todos los hinchas de la cancha. “Nah, Tigre y Morón, un solo corazón” les recito medio en chiste y medio en serio. “Sí, pero el problema son los hinchas de Tigre...”aclara mi viejo.
De todos modos elijo caminar. Las manos ancladas en los bolsillos del pantalón, veo pasar mucha gente que viene de la cancha, hasta el momento inofensivos. Doblo la esquina y diviso un grupito de unos 6 o 7 chicos de mi edad, por lo menos en apariencia amenazador. Malas noticias, porque como siempre, llevo la mochila a cuestas, con el disc-man, el celular, la libreta de la facultad, el documento... “Si me la roban, me arruinan”, pensé.
Nos separa una distancia de menos de una cuadra. Uno le pega un manotazo al más chico y lo insulta. Él se ríe y sigue caminando más adelante. Me pregunto si debo cruzar la calle enseguida o esperar a llegar a la esquina y pasar desapercibida, ya no puedo darme vuelta y volver por donde vine. Imagino que si me quieren robar la mochila, por más que me cruce de vereda, grite y patalee, me la van a robar igual. Mantengo mi cara de Póker y sigo la marcha. Estaciona un auto a unos metros más adelante. Suspiro aliviada, pero después se baja una persona, entra en su domicilio y el auto se va.
Ahora hay pocos metros entre nosotros. El más alto de los chicos, -con una gorra de Tigre un poco gastada- que parece ser el líder, me mira y me hace un gesto con la cabeza. Calculo la distancia: 4 metros, 3 metros, 2 y medio, uno...
“¿Cómo salimos?”le grito al de la gorrita. Se sorprende, me mira y justo cuando pasa al lado mío dice “Ganamo'”. Ahora están detrás de mí. “Uno-cero, morocha”dice otro, a lo que le respondo, “gracias” y me río nerviosa. Llegando casi a la esquina, acelerando el paso escucho que dicen entre risotadas:“Yo sabía que eras de Tigre,eh?”.
“San Fernando, una ciudad con alma de pueblo”leía el slogan municipal chorreando demagogia y populismo... o eso pensaba yo. Hacía referencia al 200 aniversario del partido, el año pasado. Ahora en cambio, creo que es un slogan muy acertado.

viernes, octubre 13, 2006

Tratar de escribir un ensayo


Soltando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del conjunto, desviadas, sin designio ni plan, no se espera de mi que lo haga bien ni que me concentre en mí mismo. Varío cuando me place y me entrego a la duda y a la incertidumbre, y a mi manera habitual que es la ignorancia (M. De Montaigne. Ensayos)

jueves, octubre 12, 2006

Reflexiones sanfernandinas


"¿Qué haremos en estos días de primavera que ahora vienen llegando de prisa?" se preguntaba Kafka en algún cuento.
Los amigos y familiares quieren que uno salga a ver el sol, a estirar las piernas, a sentirse mal a otra parte. Cuando eso se vuelve insoportable (escuchar los consejos de los seres queridos y el sentirse mal, las dos cosas)uno sale de su confortable y acogedora cueva. "A otro lado con tus pulgas". Pero esa sensación de incomodidad en interiores se transporta al exterior y es igual o peor.
Para nosotros, los alérgicos, el exterior puede proporcionar aún más inconvenientes que el interior. ¡Y la gente se alegra porque llegó la primavera! Desconsiderados, eso es lo que son. O nosotros, egocéntricos narcisistas...
De todos modos uno sale. Y se enfrenta al mundo que lo rodea.
En un primer momento, la nariz se vuelve un rojo tubérculo que late con cada inspiración. El pólen o como se llame eso que cae de los Plátanos y flota en el aire de la tarde invade el sistema respiratorio y lo inflama causando un escozor inmensamente molesto. Entonces, uno resuelve sonarse la naríz hasta el cansancio. Por paranoia propia o por prestar demasiada atención a los rostros de los transeúntes, noto que este acto, que para mi es inevitable, los incomoda. Disculpe señora, soy alérgica.
Esta es nuestra maldición, la de vivir en la urbe, o en todo caso la sub- urbe. Inevitablemente hay gente. Pero ¿qué sería de uno si no la hubiera? San Fernando contagia una sensación de pueblo chico irresistiblemente familiar, entrañable. Todas las caras recuerdan a alguien o algo.
De alguna manera se nos hizo creer que salir a la calle tiene que tener un propósito expreso. Es decir, ¿cuánta gente circula sin rumbo predeterminado? Casi nadie. No puedo encontrar ni a uno solo que camine con la expresión de despreocupación que llevo yo. Las viejas se apuran a buen ritmo esquivando baldosas rotas y frunciéndoles el ceño a los chicos que salen corriendo de la escuela. Los conductores ponen cara de hastío ante la pausa del semáforo, como si los estuviera esperando el máximo pontífice en su lugar de destino.
Un hombre que arrastra un carro con cartones y otros desperdicios me pide la hora. Se hace de noche tan lentamente. ¿A donde tiene que llegar a horario?, me pregunto. Pero claro, no se lo pregunto a él, que sería lo indicado. Me contento con quedarme con la duda. Dialogar se convierte en otro obstáculo, salir de la burbuja personal... Más fácil es callar.
Desde este banco se escucha el traqueteo del tren. Victoria se vuelve dorada en primavera. Como si de las veredas de repente surgiera el resplandor de vidrios diminutos que reflejan el sol de la tarde. Raro, pero esa es la impresión que dejan. Ya casi no quedan veredas con baldosas"vainillas"(o mata viejas como le decía alguien). Ahora todas son esas grandes y lisas que en un lindo día de lluvia, si uno apura el paso, lo dejan haciendo patito con el traste.
"La verdad es que está cada vez mas lindo el barrio", dice una señora muy paqueta. Para mi pesar, tiene razón. Quizás uno lo encuentre lindo porque tiene todos los recuerdos en este corralito sin alambrado, sin fronteras claras, no se sabe cuándo se está adentro ni cuándo se está afuera. Qui sapit.
Me vuelve a picar la nariz.
Septiembre, un mes de agonía. En noviembre, todo culmina y después la nada del verano.
Hoy temprano el cielo estaba molesta y brillantemente celeste, pero ahora uno se sorprende por lo negro que se puede volver Victoria con algunos nubarrones de buenos augurios. Con suerte, en unas horas llueve.